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Bioética Ficta (4)
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IV.- JANO TÉCNICA

La técnica es Jano bifronte, esa deidad romana de las dos caras contrapuestas, pues siempre permite una evaluación ambivalente, positiva y negativa, como el mito de Dédalo e Ícaro nos lo recuerda desde la Antigüedad clásica. Pero a partir del siglo de las Luces, cuando se consolida la ideología del progreso de la humanidad como progreso científico-técnico, no han faltado pensadores, a la cabeza de ellos J. J. Rousseau, para ver en las ciencias y en las técnicas una desnaturalización del hombre que ha aportado más perjuicios que beneficios a la civilización. Hoy el conflicto de actitudes frente a la tecnociencia, la evaluación positiva o negativa de ésta según "tecnófilos" o "tecnófobos", "mesiánicos" o "apocalípticos", configura el antagonismo más representativo de nuestra situación intelectual (1).

La nueva "tragedia de la cultura" consiste en el hecho de que el desarrollo científico-tecnológíco es a la vez la posibilidad de nuestro bienestar y el límite de nuestra supervivencia. La catástrofe ambiental y el conflicto nuclear estratégico revelan como nunca antes que el hombre está amenazado mortalmente por sus mismas creaciones. Esta conciencia de crisis global acentúa la actitud anti-tecnocientífica, y hoy somos más sensibles al descenso de Ícaro que al vuelo de Dédalo. Tal situación distorsiona acaso nuestra perspectiva sobre los problemas bioéticos, porque éstos son problemas morales inéditos, relativos al control de las innovaciones tecnocientíficas en la biomedicina.

 

1 . Dédalo

Minos ofrendó a Júpiter, cumpliendo sus votos, los cuerpos de cien toros, tan pronto como desembarcando de su escuadra tocó la tierra Curétida (Creta), y fijó en su palacio, como ornato, los despojos de la guerra. Había crecido el deshonor de la familia, y lo inaudito del monstruo de dos formas ponía de manifiesto el vergonzoso adulterio de su madre; Minas decide alejar de su tálamo esta infamia y encerrarlo en una mansión múltiple, en una morada sin salida (el laberinto). Dédalo, famosísimo por su pericia en el arte de la construcción, realiza la obra, confunde las señales, e induce error a los ojos con la sinuosidad y las revueltas de interminables pasadizos. No de otro modo que juega el transparente Meandro entre los campos frigios, y con inseguro curso va y vuelve y saliendo a su propio encuentro contempla sus ondas que luego pasarán por allí mismo, y, vuelto unas veces en dirección a sus fuentes y otras al mar abierto, agita unas aguas desconocedoras de su destino, así Dédalo llena de recodos los innumerables pasadizos, y apenas pudo é1 mismo volver al umbral: tan grande es el engañoso artificio de aquella construcción. Y, una vez que encerró en ella la doble figura de toro y de mancebo, y al monstruo, después de haber sido dos veces alimentado con sangre actea (ateniense), lo aniquiló el tercer contingente designado por la suerte tras el ciclo de nueve años, y una vez gracias a la ayuda de una joven (Ariadna), la difícil puerta por la que jamás había pasado dos veces ninguno de los anteriores, fue encontrada recogiendo el hilo, al punto el Egida (Teseo) después de raptar a la Minoide (Ariadna), lar,9<5 sus velas rumbo a Día (isla de Naxos), y en aquella playa abandonó, despiadado, a su compañera (... ).

Entretanto Dédalo, lleno de odio a Creta y al prolongado destierro, y transido de amor hacía su país natal, se encontraba rodeado por el mar. 'Aunque me cierre el paso en la tierra y en las aguas, al menos el cielo está abierto; por ahí voy a ir: podrá poseerlo todo Minas, pero al aire no lo posee'. Dijo, y dispone su espíritu para trabajar en una nueva técnica, y revoluciona la naturaleza. Porque va colocando plumas con arreglo a un orden, empezando por la más pequeña y siguiendo una corta a una larga, de manera que se diría que han crecido cuesta arriba en una eminencia: así es como la zampoña (flauta pastoril) en otro tiempo fue surgiendo con cañas de avena desiguales; a continuación sujeta con hilo las centrales y con cera las últimas, y, una vez así dispuestas, les da una pequeña curvatura para imitar a las aves verdaderas. Ovidio, Metamorfosis, Bruquera, Barcelona 1983, p. 235-237.

Dédalo -arquetipo griego del inventor de las técnicas, el "ingeniero" por antonomasia- fue el arquitecto que construyó en Creta el Laberinto para encerrar al Minotauro, un monstuo con cuerpo humano y cabeza de toro, engendro de Pasifae -la. mujer de Minos, el poderoso rey de Creta- y del hermoso toro blanco que Poseidón había regalado a Minos para ofrecerlo en holocausto. Pero Minos no se decidió a sacrificarlo y lo guardó para sí; a guisa de castigo, Poseidón hizo que Pasifae se enamorase de la bestia y copulara con ella (2).

Cuando nació el Minotauro, Minos no le mató; ordenó a Dédalo edificar un lugar de reclusión del cual resultaría imposible evadirse, y Dédalo construyó el Laberinto, hecho f'amoso en el mundo entero. Una vez dentro de semejante entrecruzamiento de caminos, no se podía salir de él. Aquí eran traídos los jóvenes atenienses destinados a ser las víctimas del Minotauro.

Había ocurrido que Androgeo, hijo de Minos, perdió la vida embestido por un toro cuando visitaba al rey de Atenas. En represalia, Minos exigió a los atenienses la entrega cada nueve años de catorce " jovenes, siete varones y siete mujeres, para que sirvieran de pastura al Minotauro. Pero Teseo resolvió liberar a su patria de tan cruel tributo: se fue a Creta, enamoró a Ariadna (hija del rey Minos), recibió de sus manos el hilo conductor que debía dirigirle en el Laberinto, mató al monstruo, liberó a los prisioneros y regresó triunfante a Atenas (3).

***

Este mito cretense y su símbolo del Laberinto dan que pensar sobre el origen de la técnica. Dédalo, descendiente de la primera familia real de Atenas, era el inventor universal, a la vez escultor, arquitecto y mecánico. Se le atribuye incluso la construcción de autómatas, las estatuas animadas que imitaban las acciones de los seres vivientes. En su atelier de Atenas mató a su sobrino Talos, por envidia al talento inventivo de éste, arrojándole desde lo alto de la Acrópolis. Descubierto el crimen, fue condenado al exilio y se refugió en Creta. Allí realizó sus más célebres trabajos, entre ellos la fabricación de la vaca artificial, en cuyo interior se introdujo Pasifae para que el toro blanco, del que se había enamorado, cayese en la trampa y se acoplara con ella (4).

El fondo mitológico apunta al carácter extrahumano de la técnica, con su ambivalencia divino-demoníaca, tentación y peligro esenciales de la humanidad: sobrepasar los límites de la naturaleza humana. La desmesura técnica, el salir de nuestra condición, tendría su paroxismo en la tecnociencia actual con la revolución biológica o antropoplástica, la revolución de Pigmalión, una manipulación ontológica que disolvería lo natural en el hombre (5).

 

2. Ícaro

Junto a él (Dédalo) se encontraba el niño Ícaro, y, sin saber que estaba manejando su propio peligro, ya con gozoso semblante se apoderaba de las plumas que una brisa pasaiera había dispersado, ya moldeaba la cera con el pulgar y con su juego estorbaba el admirable trabajo de su padre. Una vez que la obra hubo recibido la última mano, el artífice balanceó su propio cuerpo sobre las dos alas, y agitando los aires se cernió en ellos; dio también instrucciones a su hijo diciéndole: 'Te advierto, Ícaro, que debes correr siguiendo una línea central, para evitar que las olas hagan pesadas las plumas si vas demasiado bajo, y que el fuego las haga arder si demasiado alto: vuela entre ambos extremos. Y te mando que no mires al Boyero ni a la Hélice (la Osa Mayor) ni tampoco a la espada que empuña Orión (la constelación del Escorpión): "avanza siempre detrás de mí," Al mismo tiempo le enseña las normas de vuelo y le adapta a los hombros las misteriosas alas. Durante la operación y las advertencias se humedecieron las mejillas del anciano y temblaron sus manos de padre; dio a su hijo besos que no podría ya reiterar, y levantándose sobre sus alas vuela el primero y teme por su acompañante, como un ave que desde el alto nido ha impulsado a los aires a su tierna prole, y le alienta a seguirle y le instruye en el pernicioso arte y mueve él mismo sus alas y mira las de su hijo. Los vio alguien que estaba tratando de sorprender peces con temblorosa caña, o algún pastor apoyado en el báculo, o algún labrador en la esteva, y se quedaron atónitos y creyeron que eran dioses quienes así podían surcar el aire. Y ya tenían a su izquierda Samos, la isla de Juno (Delos y Paros habían quedado atrás), y a la derecha Lebinto y a Calimna feraz en miel, cuando el muchacho empezó a gozarse en su atrevido vuelo, abandonó a su guía, y, arrastrado por la pasión de surcar el cielo, levantó más su trayectoria. La vecindad del ardiente sol ablanda la aromática cera que sujetaba las plumas; la cera se ha derretido: agita él sus brazos desnudos, y, desprovisto de los remos, no hace presa en aire alguno, y aquella boca que gritaba el nombre de su padre viene a sumergirse en las azules aguas, que de él tomaron nombre (mar lcario). Por su parte el desdichado padre, que no lo era ya, dijo: "Ícaro, Ícaro, ¿dónde estás? ¿En qué lugar te buscaría yo?'.'Icaro', decía: divis6 en las olas las plus y maldijo su propia inventiva y depositó el cuerpo en un sepulcro, y aquella tierra fue designada con el nombre del sepultado. Ovidio, Metamorfosis, Bruquera, Barcelona 1 983, pp. 237-238

Como castigo por haber enseñado a Ariadna la manera de salir del Laberinto, Minos encerró en éste a Dédalo y su hijo, probando así la excelencia del plan del recinto, ya que sin guía su mismo autor no podía encontrar la salida. Sin embargo, el gran inventor se las ingenió para liberarse: comprobó que la tierra y el agua impedían la fuga, pero que el aire y el cielo estaban libres; de modo tópico, que del laberinto sólo se sale por arriba (6).

Fabricó Dédalo dos pares de alas, que fijó con cera a sus espaldas y a las de su hijo Icaro. Antes de emprender el vuelo, Dédalo recomendó a Icaro no elevarse demasiado alto sobre el mar, aclarando que al aproximarse mucho al sol la cera podría fundirse y las alas despegarse, y que otro tanto ocurriría de sobrevolar rasante las aguas. Como pasa tan frecuentemente, los jóvenes no toman en cuenta los consejos de sus mayores (lo que quizá tampoco habla en favor de éstos por su pedagogía), e Icaro desoyó a Dédalo.

Ambos se elevaron como pájaros, abandonando Creta, pero el entusiasmo de este nuevo y maravilloso poder embriagó al adolescente. Voló cada vez más alto, desatendiendo los llamados angustiosos de su padre; sus alas se desprendieron, cayendo en el mar y ahogándose. En tanto, el afligido padre continuó su ruta sin problemas y aterrizó en Sicilia, donde fue bien acogido y triunfó luego sobre Minos (7).

***

La técnica persigue la evasión del Laberinto -símbolo de la vida humana, con todas sus vueltas y misteriosa salida-, pero tamaña empresa contranatura puede caer en desmesura, en hybris, por eso los consejos de prudencia que Dédalo dio a su hijo, quien murió por haberlos desoído. La caída de Icaro representa el lado negativo de la tecnociencia, el más sensible en la cultura posmoderna (8).

Pero sigue en pie la pregunta de cuál sea el origen de la técnica o por qué sale el hombre del laberinto. La leyenda cretense apunta tres motivos concatenados: el temor, el deseo y el poder. El primero es la necesidad vital que radica en la minusvalía orgánica del hombre como ser viviente, ese carácter monstruoso o contranatura de lo humano (Minotauro), la indefensión generadora de angustia, vale decir la conciencia (9). El segundo es el impulso hacia lo otro de sí mismo que eleva al hombre a su destino "sobrenatural", eros y su órgano pteros, el amor con las alas de pájaro y ángel según la dialéctica platónico (10). El tercero es la voluntad de conquista cósmica para construir el mundo propio de la cultura, donde la realidad se desustancializa bajo el dominio del símbolo, "el poder de las cosas ausentes" (P. Valéry) (1l).

 

3. La Quimera

Y así es porqué Proetos mandó a Beleferonte, persuadido de que éste no regresaría de la aventura, para combatir la Quimera. Esta pasaba por ser invencible. Era un monstruo más que singular, león por delante, serpiente por detrás y cabra entre los dos, Una criatura terrorífica, inmensa, ligera y fuerte, cuyo aliento era una llama imposible de apagar.

Pero para Beleferonte, montado en Pegaso, no era en absoluto necesario aproximarse al monstruo inflamado. Sin riesgo alguno para sí mismo, lo sobrevol6 y lo mató con sus flechas.

Cuando volvió junto a Proetos, éste tuvo que pensar en otros medios para deshacerse del héroe. Lo persuadi6 de alistarse en una expedición contra los Solymes, guerreros renombrados, de la cual retornó Beleferonte vencedor, como también de una guerra contra las Amazonas. Proetos fue finalmente doblegado por tanta valentía y acaso tanta fortuna; se reconcilió con Beleferonte y le dio su hija en matrimonio.

A partir de entonces y durante largos años Beleferonte vivió en la felicidad; luego se atrajo la cólera de los dioses. Su devoradora ambición junto al orgullo por sus grandes logros lo llevaron a "pensamientos demasiado grandes para un hombre". entre todas las cosas la que más disgustaba a los dioses. Siempre montado sobre Pegaso, quizo elevarse hasta el Olimpo. Se creía digno de tomar lugar entre los inmortales. El caballo demostró más sabiduría. Rehusó la ascensión y derribó a su caballero. Desde ese día y hasta su muerte, odiado por los dioses y solitario, Beleferonte erró de un lado al otro, evitando los senderos seguidos por los hombres y "devorando su alma". Edith Hamilton, La Mythologíe, Marabout, Verviers, 1962, pp. 162- 163.

Beleferonte, héroe nacional de Corinto, es particularmente conocido por su victoria sobre la Quimera, "monstruo de raza divina, con cabeza de león, cuerpo de cabra, cola de serpiente y cuyas fauces vomitan llamas terribles". Con la ayuda de Atenea, que le prestó el caballo alado Pegaso, Beleferonte exterminó al monstruo. Pero, ebrio de orgullo, quiso elevarse hasta las moradas del Olimpo y tomar lugar, por las buenas o las malas, entre los inmortales. Zeus, irritado, le precipitó del cielo sobe la tierra, donde herido y deprimido arrastró una larga vida de miseria, "carcomiendo su corazón y evitando contacto con los hombres" (12).

***

La Quimera es el mito del monstruo formado por partes de diversos animales, que la biomedicina hoy realiza con los trasplantes de órganos y la ingeniería genética, cuando ésta fabrica híbridos por transespeciación, es decir, la técnica de sortear las barreras naturales (sexuales) para el intercambio del material genético específico (13),Jano-técnica se resume pues, para la revolución biológica, en el nombre mismo de "quimera", que por un lado se refiere al monstruo real o mitológico, y por el otro es la metáfora de la ilusión o la fantasía. Quimera es el híbrido y quimera es la hybris de la invención. Ambas quimeras son coextensivas al hombre, la posibilidad de engendrar monstruos y la ficción que da sentido a la realidad. Beleferonte mata a la Quimera y vive deprimido, castigado acaso por hiperhibris, esa desmesura de segundo grado en que suelen incurrir los moralistas: matar la quimera es mayor desmesura que producirla (14).

 

 

Referencias

  1. Cf. Schumman, E., Technology and the Future.. Wedge, Toronto, 1980. El autor describe claramente la línea de separación entre las corrientes filosóficas contemporáneas respecto de la tecnociencia. De un lado están los pensadores que, como F.G. Jünger, H. J. Meyer o M. Heidegger desde la "Kulturkritk" alemana, se oponen a la técnica por su tendencia deshumanizadora, una alienación profunda de la libertad y la dignidad humanas del otro lado, están quie nes como N. Wiener, G. Klaus o K. Steibuch, ven en el progreso tecnocientífico el acrecentamiento del dominio del hombre sobre la naturaleza y el requisito de su liberación.
  2. Hamilton, E. La Mythologie, Marabout, París, 1962.
  3. La Mythologie, Hachette, París, 1962; Mithologies classiques, Larousse, París, 1963.
  4. Cf. Gille, B. (ed) Histoire des techniques, Gallimard, París, 1978. Después de Prometeo y de Hermes, Dédalo representa la etapa de laicización de las técnicas, y con ella la denuncia de la posible maldad moral del inventor (Dédalo mató a Talor porque éste inventó la sierra, inspirándose en la mandíbula de una serpiente) y de la perversión del invento (Dédalo facilitó a Pasifae el sexo bestial y su producto monstruoso).
  5. Cf. Brun,J. Les masques du désir. Buchet/Chastel, París, 1981: "Couper les licous du Temps et de I'Espace, couper les licous de I'Existence, telle est la mission ontologique dont la technique a été surnivestic: elle est ce á quoi I'homme a voulu confier le ponvoir extatique de l'arracher au ghetto humana" (P.I6); "En ce setis, la technique est une manipulation ontologique et ce qu'on appelle progrés (... ) est une migration vers un ailleurs dont I'homme attend la solution de lui-meme par une dissolution salvatrice de son essence et de son existence" (p. 208).
  6. Hamilton, E., La Mythologie, op. cit.
  7. Icaro encarna el deseo de volar, máxima expresión del deseo en la técnica como superación de las limitaciones naturales: "De l'aile de I'oiseau á celle de l'avion, s'est concretisé et dénaturé le Désir de I'homme de se désancrer de la Terre pour parvenir á I'extase que semble lui promettre les hauters d'oú I'on domine le monde" (J. Brun, Les masques du désir, op. cit. p. 53).
  8. Cf. Mainetti, J. A. La transformación de la medici'na, Quirón, La Plata, 1992.
  9. Cf. Mainetti,.I. A. Homo infirmus, Quirón, La Plata, 1980. La moderna visión antropobiológica del hombre como ser carente (homo infirmus) da pábulo a la tradicional interpretación de la técnica como ortopedia, mediante la cual se satisfacen las necesidades vitales humanas.
  10. Cf. Brun, J., Les masques du désir, op. cit.: "La technique n'est pas I'expression d'une tactique biologique, elle est une véritable stratégie existentielle, une méta-physique de l'action faustienne, dans la mesure oú elle implique et engendra á la fois toute une conception de I'être qui vise á ouvrir I'existant á autre chose qu'á lui-meme" (p. 13).
  11. Cf. Mainetti, J. A. "El problema del cuerpo en Unamuno", Quirón 6 (2): 26, 1975.
  12. E. Hamilton, La Mythologie, op. cit.
  13. Véase V. Packard, Tlie People Shapers, Futura, Londres, 1978, para un panorama posible de la producción de quimeras, vale decir diferentes conibinaciones entre el hombre y el animal.
  14. Cf. G. Bompiani, "La Quimera misma", en M. Feher, R. Naddaff y N. Tazi, Fragmentos para una historia del cuerpo humano (Parte 11), versión esp., Tatirus, Madrid, 1991

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Última modificación: domingo, 01 de septiembre de 2002